De acuerdo con un relevamiento de la consultora Atlas Intel, la aprobación del mandatario se ubica en torno al 35,5%, mientras que la desaprobación trepa al 63%, ampliando la brecha negativa en la opinión pública. Este registro representa el peor dato desde el inicio de su gestión.
El presidente Javier Milei atraviesa el momento más delicado en términos de imagen pública desde que asumió el poder. Según las últimas encuestas nacionales, su nivel de aprobación cayó a mínimos históricos, en un contexto marcado por dificultades económicas y escándalos políticos.
De acuerdo con un relevamiento de la consultora Atlas Intel, la aprobación del mandatario se ubica en torno al 35,5%, mientras que la desaprobación trepa al 63%, ampliando la brecha negativa en la opinión pública. Este registro representa el peor dato desde el inicio de su gestión.
La caída en la imagen presidencial no es un fenómeno aislado, sino el resultado de una tendencia que se viene consolidando en los últimos meses. Otros estudios, como el de la consultora Zuban Córdoba, muestran cifras similares, con niveles de rechazo que incluso superan el 64%.
El desgaste responde a múltiples factores. Entre los principales aparece la situación económica: el impacto de la inflación, la caída del poder adquisitivo y las expectativas negativas sobre el empleo influyen directamente en la percepción social del Gobierno.
Investigaciones judiciales, denuncias por presunta corrupción y tensiones dentro del oficialismo impactaron en la imagen del Presidente y su entorno. Según distintos análisis, estos episodios erosionaron uno de los pilares centrales de su discurso: la lucha contra la “casta política”.
Incluso, algunos informes señalan que la popularidad del Gobierno sufrió caídas abruptas en cortos períodos, en paralelo al avance de estos escándalos.
A pesar del deterioro, Milei mantiene un núcleo de apoyo cercano a un tercio del electorado, que continúa respaldando su programa económico y su estilo confrontativo.
Analistas coinciden en que ese piso de respaldo le permite sostener gobernabilidad en el corto plazo, aunque limita sus posibilidades de expansión política si no logra revertir la tendencia.
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