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domingo, septiembre 19, 2021

Un año de gobierno, de pandemia y de crisis económica

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El presidente Alberto Fernández privilegió la cuestión sanitaria con resultados desparejos. La pobreza, la incertidumbre económica y las grietas políticas condicionan su agenda de 2021.

Al cumplirse un año de gobierno de Alberto Fernández son muchos más los interrogantes planteados que las seguridades que pudo brindar sobre el futuro de la Argentina.

En los hechos, el nuestro es un país presidencialista y Fernández, casi un desconocido hasta mayo de 2019, se ve obligado a demostrar que es él quien toma las decisiones. Y, como era previsible, no le resulta fácil ya que el Frente de Todos es la suma del kirchnerismo y del peronismo moderado, dos cosmovisiones antagónicas. Esta última franja no hubiera votado a Cristina de Kirchner.

Los problemas macroeconómicos, la pobreza estructural y la generación de empleo son temas cruciales para los cuales no hubo definiciones. La Argentina gasta más de lo que recauda, pero nadie explica como se va a hacer para aumentar la recaudación, cuando la presión tributaria ya llegó al límite tolerable; la única forma de lograrlo es incrementar la producción. Con una inversión que no llega al 10% del PBI (más baja que en 2002) es imposible recuperar el índice de actividad. Y la inversión es una quimera sin solidez política y seguridad jurídica.

Decisiones como el impuesto a la riqueza y los castigos a las personas a quienes les incendien los campos, levantados como trofeos por el oficialismo son la peor señal para un país que necesita divisas y trabajo. Y que ha expulsado más de 400.000 millones de dólares del sistema financiero local.

En este año tan anómalo se han perdido más de cuatro millones de puestos de trabajo.

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA informó en octubre que la pobreza castiga al 44% de la población, 20 millones de personas. Más agudo aún, y más preciso, Unicef estima la pobreza infantil en la Argentina en 58.5 % y la pobreza infantil extrema, en 16.3%.

Los primeros ocho meses de gestión estuvieron ocupados en la emergencia sanitaria y la negociación de la deuda con los acreedores privados. La pandemia fue un imprevisto de enorme gravedad, frente al que todo lo demás quedó relegado. Fue un salto al vacío, pero aún es prematuro evaluar los resultados de la estrategia. Porque esa evaluación, en definitiva, deberá hacerla la ciencia médica. Se avanzó en la instalación de la cuarentena más extensa del mundo; en un primer momento se dejó el centro de la escena a los sanitaristas aunque la falta de un criterio nacional convirtió al país en un collage de iniciativas preventivas de intendentes y gobernadores carentes de conocimientos sobre profilaxis. Lo cierto es que la tragedia de los hospitales desbordados en su capacidad no se produjo.

Pero la grieta política se profundizó. Al mismo tiempo, la urgencia por archivar las causas pendientes contra Cristina y Máximo Kirchner altera ostensiblemente el orden institucional, las relaciones con la Justicia y la vigencia misma del respeto a la ley.

Bomba de tiempo

La economía es una bomba de tiempo. Nueve trimestres consecutivos en baja. Con una caída del 12% en el PBI, una inflación de entre el 35 y 40% estimada hasta ahora y que se proyecta al 50% para 2021.

Ahora se debe llevar adelante la negociación con el FMI del que se espera que libere los cinco mil millones de dólares que faltan del crédito gestionado por Mauricio Macri, y también una postergación de los pagos.

El problema son las condiciones fiscales que va a exigir. Está claro que el ajuste ya empezó (por los jubilados) pero con eso no alcanza para eliminar el déficit. La Argentina es un país deficitario porque la mitad de la población depende del presupuesto nacional para vivir. Eso no es culpa de este Gobierno ni del anterior, ni mucho menos de la gente, pero no se resuelve con grietas ni promesas. Se resuelve con estrategias.

La emisión monetaria récord y los vaivenes del dólar y la brecha cambiaria ofrecen un escenario preocupante para cuando se produzca la reactivación económica.

El año que viene no será fácil, y será un año electoral. Pero ni las elecciones ni la pandemia alcanzan para ocultar la realidad de fondo, que es muy grave y que este año empeoró.

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